jueves, 19 de noviembre de 2009

Méritos personales

Manejando hacia la escuela pensaba ¿Qué hice yo para llegar acá?  Y cuando digo acá hablo de los beneficios de pertenecer a esta clase media acomodada. Y la respuesta se clavó directa en mi cabeza... poco.
Es cierto, aunque duela. Mi mamá y mi papá hicieron sacrificios que a modo de relato e imitación se grabaron en mí y en mis hermanos. Más allá de la disfuncionalidad evidente, "nunca nos faltó nada" y cada crisis cíclica ha golpeado pero volvieron a levantarse.
Además, antes que ellos estruvieron mis abuelos, más sacrificados y haciendo malabares con las pocas monedas que había. Pero, mis hermanos y yo; mis viejos; mis abuelos y digamos que toda las ramas ascendentes de mi árbol genealógico han hecho del sacrificio, del trabajo y la familia valores supremos (el orden de las palabras no es casual).
Todos hemos tenido un techo propio, todos hemos accedido a cierto grado de educación formal, todos aprendimos que el dinero se hacía trabajando.
Entonces, mientras Cavour me sacudía con uno de sus baches anti-tren-delantero supe que mis méritos tenía mucho de causalidad, de herencia. Mis genes guardan el recuerdo del inmigrante que llega buscando esperanzas y se rompe el lomo para que los suyos en la próxima generación lleguen un escalón más arriba. Y lo consiguieron. Cosa que en mi caso particular me despierta serias dudas. No creo que vaya a superar ciertos escalones paternos.
¿Pero qué quiero decirles con todo esto?
Que no todos aprendimos en la misma escuela y cuando las generaciones anteriores tienen más experiencia en analfabetismo, desempleo y miseria; los genes guardan el estigma de que el mundo que está a unas cuadras no está hecho para todos.
¿Qué hubiera sido de mí si las paredes de mi casa fueran de madera, el piso de tierra y con suerte algunas chapas sbre mi cabeza? ¿Qué hubiera sido si mi viejo le diera más a la bebida que al trabajo? ¿Y si hubiera tenido que salir a cartonear a los tres, habría terminado el secundario? ¿Habría llegado a la universidad?
No. Sin dudar, no.
Entonces, cómo desarmar este embrollo que empezó hace cientos de años, donde pobres y ricos se pelean, desde trincheras desiguales, sin querer darse cuenta los poderosos que en definitiva el dolor, la muerte nos salpican a todos. Algunos tendrán cajones de cedro, bóvedas o mausoleos en su nombre. Otros quedarán en pozos sin más identidad que la que se esconde en el alma.
Mi responsabilidad, mi mérito será devolver algo no a mis genes; sino a quienes las oportunidades (si las han tenido) les pasan por al lado en auto último modelo o en zapatillas importadas.
Qúe así sea.

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